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Violencia y sexualidad en las cárceles*


Rocío Sánchez
julio 10 de 2006. Raúl estuvo preso en lo que fue la Escuela Correccional de Hombres, cuando tenía 17 años. Ahí, explica, “te tienes que pelear una o dos veces por semana, hasta que golpees a un sargento, que es quien controla todo el dormitorio, el que dice qué hacer. Te pone a marchar, a hacer el quehacer, o a lo que se le ocurra; si no lo haces te golpea él o sus segundos. Pero si llegas a ganarle, te quedas con ese puesto”.

De acuerdo con el psicólogo Rodrigo Parrini, especialista en estudios de masculinidades y sexualidad, que ha trabajado el tema de las relaciones sociales al interior de las cárceles, para alimentar la “hombría” el poder es importante en cualquier contexto. En la cárcel, esta necesidad se exacerba. “El vínculo de masculinidad y poder es una forma de mantener un estatus dentro de la cárcel”, dijo en entrevista con Letra S.

Hay ciertas características que favorecen que el interno logre un mayor poder y estatus sin tanto esfuerzo. Según Raúl, “depende del delito. Si van por secuestro u homicidio nadie se mete con ellos, desde el principio se les teme: como sus delitos son graves y a lo mejor ya no salen, no se van a tocar el corazón para hacerte daño. Ya no tienen nada que perder y, al contrario, mucho que ganar por el respeto que van a adquirir”. La violencia —real o imaginada— es uno de los elementos que aporta poder a los varones en el contexto extremo de la prisión.

El respeto no se compra

Cuando un hombre carece de mala fama o la rudeza que le daría más poder ante sus pares, la estrategia es el uso del dinero. Empero, aunque el dinero da poder, no otorga respeto.“Ese te lo tienes que ganar de otra manera, por tu forma de pelear o de ser”, dice Raúl, quien también estuvo en el Reclusorio Oriente. No obstante, para quienes no quieran o puedan defender a puños su integridad, aún hay otros reductos.

Es el caso de Héctor, quien a los 20 años llegó al Reclusorio Sur. Estaba terminando la preparatoria en una escuela privada cuando fue consignado. “Como entras sin saber nada, te tienes que ir ganando el respeto: a lo mejor te avientas un tiro o les haces favores: les lavas la ropa, les limpias los zapatos, como si les hicieras un servicio; te vas ganando la confianza de la gente con poder”.

Pero antes de la fajina (quehaceres de limpieza) que Héctor realizó, sin saberlo ya tenía el pasaporte al estatus: sabía dibujar. “Un día me puse a dibujar. Un chavo me pidió que le dibujara una Virgen en la pared, otro que le hiciera una cruz en la muñeca. Llegó a oídos de un custodio, que me dijo: "dibujas chingón, te voy a conectar con alguien de más arriba para que te dediques a tatuar"”.

En la cárcel se aspira a ser el más cabrón, pero se sabe que no todos pueden serlo. Hay un orden de cosas que difícilmente podrá ser alterado. La madre, el líder de la celda que usualmente es el que tiene mayor antigüedad, dejará de serlo algún día, pero siempre habrá alguien que ocupe su lugar. Y siempre habrá internos nuevos que llegarán a lavar el piso de rodillas, sin trapeadores o jergas.

Aguántese como los hombres

¿ Cómo se asciende en la jerarquía penitenciaria? Raúl llegó a ser sargento de su dormitorio. “Yo prefería pelearme a acceder a algo, ya sea alguna cuestión física (sexual) o algún tipo de control. Nunca me dejé. Yo sí me rifé con todos. No te voy a decir que ganaba siempre pero al no abrirse uno va adquiriendo respeto. Aunque no seas muy bueno para los golpes, si no te abres ya le van midiendo”.

Héctor hizo lo contrario, pero no le fue mal en los pocos meses que permaneció en prisión. “Un tipo me cantó un tiro por mis botas y yo le dije que no. No lo volví a ver. En este caso, como dicen, yo me abrí con este señor, pero no me volvió a buscar. En caso de que lleguen de manera más directa, en bola, ahí sí ya es la ley de la vida: te defiendes o te mueres”.

Los presos desarrollan, de acuerdo con Rodrigo Parrini, “una especie de coraza subjetiva que es necesaria en la cárcel para sobrevivir, la cual se adapta muy bien al concepto de la masculinidad hegemónica: ser patriarcal, llevar la batuta, ser el que manda, ser violento si es necesario”. La experiencia de Raúl lo corrobora: “Tratan de no mostrar temor, pero todos en el fondo tienen miedo. Hay quien sí lo deja ver y es al que agarran de bajada, de renta, incluso pueden llegar a ser violados”.

Cabrón que se chinga a cabrón

El contacto sexual entre internos no se da necesariamente en un contexto de violencia. Lo que sí impera es un código de silencio sobre el homoerotismo que se puede llegar a presenciar o a protagonizar estando recluido.

Parrini recuerda que “en la clásica defensa de la visita conyugal se dice a las autoridades: "si usted quiere evitar el homosexualismo, haga visita conyugal"”. El subsecretario de Administración Penitenciaria de Nuevo León, Rogelio Martínez Gracia, declaró al diario Milenio de Monterrey (16 de mayo de 2006, nota de Antonio Argüello) que la administración no quiere fomentar “la promiscuidad y el homosexualismo”, por lo que no se les dan condones a los internos pues sería “invitarlos” a tener coito. “Él no necesita fomentar nada, eso ya está”, revira con ironía el investigador.

Raúl reconoce que sí hay contacto homosexual, principalmente como intercambio por drogas o protección dentro del penal, aunque “si lo ves te haces de la vista gorda o te haces el dormido”. Pero las relaciones entre varones no pueden verse como una situación derivada de la falta de disponibilidad de mujeres. Para tener sexo heterosexual no hay que esperar a las visitas conyugales oficiales: todos los días de visita (martes, jueves, sábados y domingos) los internos acondicionan, en los patios, cabañas hechas con madera y cobijas, alrededor de 300 espacios (en el Reclusorio Norte) para recibir a las parejas. “Puedes estar con tu pareja o una chica a la que le pagues”.

Parrini encuentra, más bien, en muchas de las relaciones sexuales entre reos una mezcla de violencia y poder. “Cabrón que se chinga a cabrón, es dos veces cabrón”, resume, y lo define como “una especie de ecuación de masculinidad y poder donde acostarse con otro hombre no te aminora, al contrario, es una demostración de una hombría tan poderosa que es capaz de avasallar también a los otros hombres”.

Ya sea entre hombres o con las mujeres a las que tienen acceso, los internos suelen sostener todos sus encuentros sexuales sin condón. Por lo general (según se desprende de las declaraciones del funcionario de Nuevo León y de los testimonios de los ex internos consultados), las autoridades no consideran necesario darles preservativos pues suponen que la sexualidad sólo se ejerce en el marco de las reglas del penal. Los propios internos menosprecian la posibilidad de protegerse de infecciones de transmisión sexual, incluyendo el VIH.

“Creo que a todos se les olvida... o les vale”, corrige Raúl. No es casual que la prevalencia del VIH en la población penitenciaria sea de entre dos y cuatro por ciento, muy por arriba del 0.3 por ciento de la registrada en la población general. Según estimaciones de ONUSIDA y el Censida, de las 180 mil personas que viven con VIH/sida en el país, alrededor de 6,300 están privadas de su libertad.

La masculinidad que se vive dentro de las cárceles ofrece riesgos para los hombres que deben ajustarse a ella. Pero tendría un costo tal vez mayor el no ceñirse a lo establecido, observa Parrini. “El que esa masculinidad se transforme no depende de cambios individuales; hay una dinámica organizacional muy poderosa y si alguien quisiera ser distinto podría vivir mucha violencia o quedaría en un aislamiento extremo. Ambas situaciones son desagradables y difíciles de sobrellevar”. Quizás sea, como lo entendió Héctor, que “la gente más oprimida ahí adentro es la que se opone a las reglas, la que se niega a la realidad que se vive ahí”. Situación que resulta todo un reto para las políticas preventivas..

* Reportaje publicado en el suplemento Letra S, el 6 de julio.

Suplemento Letra S

No. 221 | diciembre 04 de 2014
La lucha por un parto digno. Todos aquellos procedimientos o acciones que obstaculizan la capacidad de decisión de las mujeres en las etapas del embarazo, parto y puerperio se conocen en su conjunto como violencia obstétrica.
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